
Había una vez un niño que soñaba con volar. No con alas de plumas o de metal, sino con la libertad que solo se puede sentir cuando las cadenas invisibles que atan el alma se rompen. Sus padres, amorosos y sabios, le enseñaban que la verdadera libertad no era huir, sino encontrarla en un lugar de protección y amor. Pero el niño, como muchos de nosotros, deseaba escapar de esas normas, de ese amor protector, porque sentía que la libertad era algo que debía buscar fuera, por su cuenta.
Un día, el niño corrió lejos de su hogar, buscando esa libertad que solo existía en sus sueños. Corrió y corrió, hasta que se encontró frente a un muro de alambre. Intentó trepar, pero sus manos sangraron. El alambre, con su frío y cruel abrazo, lo atrapó. Así es como a veces nos sucede a nosotros cuando buscamos la libertad fuera de Dios: creemos que la encontramos, pero solo nos atrapamos más y más en las redes del pecado y la desesperación.
A lo largo de la historia humana, este anhelo de libertad ha motivado grandes movimientos. La lucha por abolir la esclavitud, las revoluciones que nacen del grito de libertad, las conquistas de derechos… todo parece correcto, pero aun así, seguimos sintiendo que hay algo más profundo, algo más verdadero que la libertad humana. Jesús nos habla de esa libertad, una libertad que no es producto de un esfuerzo humano, sino un regalo divino. Él dice: “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36). Esta es la libertad que solo Él puede dar, una libertad que va más allá de lo físico o social: una libertad del alma.
La Libertad que Viene de Dentro: El Espíritu de Cristo en Nosotros
Mientras el niño sigue atrapado en su lucha por escapar, hay un susurro en su corazón, algo que le dice que la verdadera libertad no se encuentra en el huir, sino en el regresar a lo que verdaderamente importa. La libertad de Cristo no es simplemente la liberación de las cadenas externas, sino una transformación interna, profunda, que nace del Espíritu Santo.
El Espíritu Santo, ese Consolador que Jesús prometió, es el que nos da esa libertad. «Donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad» (2 Corintios 3:17). No se trata de que nos liberemos por nuestra propia fuerza, sino que es el Espíritu el que habita en nosotros, nos renueva y nos da el poder para vivir una vida que de otra manera sería imposible.
Es como si el niño, al regresar a casa, encontrara en los brazos de sus padres no solo el consuelo de la protección, sino una nueva fuerza que le permite vivir de manera diferente, sin temores ni dudas. Cuando aceptamos al Espíritu en nuestras vidas, somos transformados, somos capaces de vivir una libertad que ni siquiera habíamos imaginado posible. El Espíritu no solo nos libera del pecado, sino que nos da poder para vivir como hijos de Dios, reflejando Su gloria en todo lo que hacemos.
El Viaje de la Contemplación: Una Mirada que Transforma
El niño, al regresar a casa, empieza a mirar de manera diferente. Ya no ve las reglas de sus padres como una jaula, sino como un sendero que lo guía hacia una vida llena de propósito. Así, también, el cristiano experimenta una transformación cuando comienza a mirar a Cristo no de manera superficial, sino con un corazón dispuesto a ser cambiado.
La verdadera libertad se encuentra en la contemplación de Cristo. Es mirar a Su rostro, sin distracciones, y permitir que Su gloria penetre en lo más profundo de nuestro ser. “Con contemplar a cara descubierta la gloria del Señor, somos transformados” (2 Corintios 3:18). Esta contemplación no es solo una mirada casual; es una mirada que detiene el tiempo, que hace que el alma se detenga y se rinda ante la majestad de Dios.
Es como cuando un artista mira su lienzo vacío. Sabe que cada trazo, cada color, cada mezcla de luz y sombra lo llevará a una obra maestra. De la misma manera, cuando nosotros miramos a Cristo, somos transformados. No se trata de hacer cosas por hacerlas, sino de estar tan absortos en Su gloria que somos modelados por Su presencia.
El Compromiso con la Contemplación: Un Viaje de Libertad Diario
Pero, como el niño que aprende a caminar, la verdadera libertad no es un destino, sino un viaje. Y este viaje hacia la verdadera libertad requiere perseverancia, disciplina y compromiso. No se trata de un evento único, sino de una vida entera que se dedica a mirar a Cristo, a caminar en Su Espíritu.
«Corramos con perseverancia la carrera que tenemos por delante, fijando nuestros ojos en Jesús» (Hebreos 12:1-2). Es un viaje que no termina nunca, un caminar diario donde, a pesar de los tropiezos y caídas, seguimos mirando a Jesús y dejando que Él nos transforme. La verdadera libertad no llega de un solo golpe, sino de un proceso continuo de contemplación y entrega.
Así como el niño que, con el tiempo, llega a comprender que la verdadera libertad no está en escapar de sus padres, sino en vivir bajo su cuidado y amor, nosotros también aprendemos que la verdadera libertad en Cristo no es un acto aislado, sino un viaje diario de perseverancia. Necesitamos mirar a Cristo, no solo una vez, sino cada día, porque, al final, nuestra libertad no está en lo que hacemos, sino en lo que Él ha hecho por nosotros.
Autor: CCVA